Las historias le parecieron creíbles, algunas fuertes, como el relato del atentado. De todos modos, se dio cuenta que había que pulir algunas cosas desde el punto de vista gramatical. Nada grave pero debería hacerlo para estar a la altura del exigente concurso.
Los Etarras
Por momentos me costaba creer que los hombres de los Falcon ya no chupaban militantes y que uno podía andar libre sin temor de aparecer al otro día en un zanjón con un orificio de bala en la cabeza.
Llegué a Córdoba a mediados del 84. Por entonces, Alfonsín representaba la nueva esperanza de los argentinos.
En mi carácter de militante independiente del peronismo (en realidad concurría como ex integrante de la Juventud Universitaria Peronista) había sido invitado por los muchachos de Franja Morada, para participar de un encuentro de Juventudes políticas.
Después de los años de terror de la dictadura, sentía que la pasión política se había instalado con más fuerza, en una carrera contra el tiempo perdido. Tal vez por eso, todos los que participáramos de una larga militancia de derrotas y sinsabores, teníamos el íntimo deseo de que al menos las muertes y los desaparecidos hubieran servido para algo.
Y este al menos no era poca cosa; la democracia representaba la libertad ansiada, el poder expresar las broncas contra las injusticias sociales. Pese a sus notorias falencias, con la democracia podríamos intentar volver las cosas a sus cauces naturales. Por eso asistía como observador independiente (claro que por aquella época, ya empezaba a tener mis primeras disidencias con las formas ortodoxas de hacer política).
Los organizadores estaban al tanto de mis disidencias con mis antiguos camaradas montoneros, y creo que esa había sido una de las principales razones de la invitación.
Por otra parte, tenía conciencia de no ser una figura trascendente (apenas de segunda línea).y acepté la invitación porque tenía el firme deseo de ver cómo funcionaría esta esperada apertura democrática entre los jóvenes y los que no lo éramos tanto.
Nunca justifiqué la lucha armada - me refiero a modificar políticas en vigencia, mediante la utilización de métodos violentos, con la autodeterminación para secuestrar, torturar y/o matar a los potenciales enemigos ideológicos -; y mucho menos si esa lucha solía valerse de tácticas terroristas en las que casi siempre se sacrificaban inocentes.
Tuve siempre una postura muy personal al respecto.
Recuerdo que cuándo pasé a España después de abandonar Estocolmo, a los 10 días de estar en Madrid, me vinieron a ver dos tipos de la ETA.
Sin remilgos ni más vueltas se presentaron como responsables de un comando local, diciéndome que querían intercambiar ideas respecto a estrategias y tácticas de guerrilla urbana.”No te sorprendas tío- me dijo un vasco de San Sebastián, cuyos pelos de la barba parecían piquetes de alfileres negros-. Tenemos una buena red de informaciones y ya sabemos de ti desde que llegaste a Estocolmo. Ya hombre, que estamos en la misma. Vosotros fallasteis y seguramente estaréis haciendo la autocrítica correspondiente. Nosotros tenemos aún un largo camino por delante y entonces...”
Allí se interrumpió porque su compañero, un tipo de mirada penetrante, tomó bruscamente la palabra: “...vayamos a la verdad; vosotros sabéis sobre el manejo de grandes grupos de militantes en táctica de guerrilla urbana. Además, tenéis más tiempo en esto; sois como los tupamaros, carajo. Y nos gusta vuestro estilo porque habéis demostrado tener cojones”.
Claro que hablé con ellos. Además, no tuve opción. Me subieron en un coche y nos fuimos a una pensión de mala muerte, en las afueras de la ciudad.
Los etarras se llevaron un chasco conmigo.
Recuerdo que tenían excelentes provisiones; pronto armamos una mesa con buenos quesos y embutidos españoles - sobre todo, un jamón de aquellos - con un par de tintos riojanos que terminó aflojando los naturales resquemores.
En principio, confundían las acciones de los distintos grupos: no tenían muy en claro cuáles eran las diferencias entre montoneros, el ejército revolucionario del pueblo, las llamadas fuerzas armadas peronistas y las luchas encaradas por los distintos grupos políticos universitarios. El caso es que creían que yo era un militante montonero. Me parece que metían a todos en la misma bolsa.
También creo que ni siquiera tenían en claro los objetivos revolucionarios de unos y de otros. Cuándo les confesé que yo nunca había participado de una acción directa de lucha armada, y que esto me había traído serios problemas con la dirigencia, se mostraron sorprendidos.
Pero mucho más se contrariaron al confesarles que parte del movimiento me consideraba un traidor y que hasta algunos hablaban de connivencia con los servicios.
El de barba como alfileres, se atragantó con un pedazo de queso, y su amigo debió darle dos golpes en la espalda para que el tipo escupiera el bolo cremoso untado de una gruesa capa de saliva.
“Hombre...: ¿y por qué coño os metisteis en un movimiento armado? ¡Con eso no se jode, mierda!”
Menos mal que el Riojano disparaba las neuronas convirtiendo lo dramático en una charla amena y coloquial...
Les expliqué entonces de mi empatía con el movimiento a través de la imagen de Evita. “¡Hombre! Yo tenía un abuelo franquista en Irún, cabrón él, que siempre recordaba la visita de vuestra Eva y que siempre decía que gracias a la Argentina los españoles habíamos tenido pan y no sé cuántas cosas más” - acotó el Etarra.
Cuándo les conté de mi abuelo gallego, ambos fruncieron la boca en un gesto despectivo, y ante mi mirada sorprendida, el de barba dura se despachó muy suelto.”Nada hombre. Nada. Que no nos llevamos muy bien con los gallegos. Eso.”
Claro que por la acción del condenado tinto, yo también terminé por soltarme.
Primero les confesé que había llegado al movimiento porque en sus origines planteaba con claridad una lucha anti-imperialista. Que luego, atento a las dimensiones que tomaba - les conté que en una manifestación portentosa, se habían congregado más de 200.000 jóvenes de diferentes corrientes de liberación nacional- el enemigo central, o sea, el corazón mismo del imperio del cuál los Estados Unidos no eran más que un apéndice-, pronto infiltraron el movimiento porque representaba la excusa perfecta para convertir a la Argentina en un país dependiente, vacío de contenidos nacionales. Violencia y represión: la ecuación perfecta, dije. Y de allí la escalada de sangre y los miles de desaparecidos y que patatín y patatán.
Recuerdo que fue el único momento en que los vascos aquellos sintieron que había una cuestión de piel entre nosotros.
Pero pronto fruncieron la cara. Fue cuándo les hice referencia a que el poder político del mundo -y hablaba de las instituciones parlamentarias formando parte de gobiernos presidencialistas o monarquías - pronto habría de convertirse en una fachada. Que el capitalismo entraría en una variante salvaje como consecuencia del poder dominante del viejo complejo militar industrial, ahora aliado con los grupos financieros y las empresas monopólicas, y que no faltaba mucho para que estos grupos utilizaran a Estados Unidos como ariete desembozado en aras de establecer un sistema concreto de dominación mundial
¿Quién podía imaginar en aquella primavera del 81, la deserción y posterior caída de la Unión Soviética, sostén entonces (interesado, claro) de los movimientos populares que tanto disgustaban a los popes del Imperio Occidental y Cristiano?
Sin embargo, por intuición, por haber aprendido a leer entre líneas los códigos políticos en vigencia, y en parte tal vez por haber mamado la historia del hombre a través de mi carrera de Filosofía y Letras, me escuché yo mismo con sorpresa aventurar la caída del otro imperio.”Los rusos no podrán aguantar mucho tiempo más esta carrera armamentista - acoté -. En desarrollo económico, están 20 a 1 en contra con los yanquis. Y ese drenaje van a terminar pagándolo muy caro”
Recuerdo que los vascos se miraron entre sí como si tácitamente se preguntaran ¿tu escuchaste lo que yo escuché? , y luego me observaron largo rato en silencio mientras yo hacía una mueca estúpida.
Pero lo peor estaba por llegar. Y llegó cuándo les dije que todos los movimientos populares de supuesta liberación nacional, triunfarían o caerían en la derrota de acuerdo a los planes del Imperio. Si para éste resultaban útiles y no entorpecían su alta estrategia política, el éxito estaba asegurado. De lo contrario, les sobraba dinero, tecnología y servicios, para destruir solapadamente a cualesquiera de estas organizaciones por más poderosas que éstas fueren. Y que así había pasado con nosotros.
A esta altura la charla se había convertido en una sucesión de gritos y risotadas acompañadas de fuertes palmadas en la espalda, con la complicidad del buen vino de los españoles.
De cualquier manera terminamos bien. Les reconocí su derecho a pelear por sus ideales -eso sí, tuve huevos (siempre libación etílica mediante) para decirles que ninguna causa justificaba la sangre derramada de un solo inocente, y esto sí que no les gustó un carajo.
Nos despedimos entre abrazos y deseos de reencuentros y nunca más nos vimos. Sin duda yo había resultado un chasco para ellos, o tal vez peor: un loco sin cuidado.
viernes, 9 de abril de 2010
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