La cena.
(El juego de la verdad)
Julio César fue el último en llegar.- ¿Qué tal la barra?- acotó con falsa euforia.
Felipe se me acercó musitando al oído:-¿Cómo lo ves al porteño éste?
Enarqué las cejas y no pude evitar un cosquilleo cuándo vi que Julio César, luego de sentarse a la mesa, realizaba ampulosos gestos frente al resto de los comensales.-Creo que esto tiene que ver con el asunto del juego.-Puede ser-le respondí-. Aunque opino que no es para tanto...
Lo dije convencido. Sin embargo, cuándo Felipe me recordó los sucesos del viernes anterior, entendí la preocupación de Julio César por este juego de la verdad -que de lúdico, poco tenía, a tenor de las informaciones recibidas- en este perdido pueblo cordobés.
Por primera vez sentí cierta impotencia; me resultaba absurdo que una iniciativa pensada con la única finalidad de confesar la verdad a cada pregunta, se hubiere convertido en un tema angustiante para algunos.
Claro que las reglas de juego eran precisas: no habría límites de ningún tipo para el tenor de los interrogatorios.
De pronto, escuché que alguien hacía referencia a que se acercaba una tormenta. En efecto, asomándome a una de las ventanas, pude ver unos guiños de luz tenues y lejanos.- ¿Y, Gregorio...? ¿Para cuándo las lasañas?
El gordo Vicente reclamaba la cena, con una urgencia opípara que delataba su papada.- Un minuto, tano- dije apuntándole con un dedo-. Me maldije de haber dicho a mi llegada que era un especialista en pastas.
La impaciencia del policía no era gratuita; la cena se había demorado más de lo habitual y en cierta medida, creo que todos estábamos un tanto impacientes, quizás porque este viernes se festejaba el quinto aniversario de la peculiar asociación; la cofradía de sibaritas que una vez a la semana se reunían a cenar en una propiedad adquirida con ese único fin.
Mientras controlaba las pastas, me puse a pensar en lo que había averiguado respecto a tan peculiar club; un privadísimo clan que no admitía mujeres y cuya composición no podía superar los siete miembros.
Pedro Cuttini, un ex pastor evangélico, había sido el encargado de seleccionar a cada uno de los componentes entre las fuerzas vivas de la pequeña comunidad serrana.
Lo hizo cuidadosamente, tratando que cada uno de los integrantes -amén de representar a diferentes estamentos sociales - pudieran acreditar una excluyente soltería. Mujeres sí, pero sin el sello made in Iglesia.
Superadas las naturales especulaciones, el grupo quedó constituido de la siguiente manera: Pedro -“la voz de Dios”, como él gustaba autodefinirse -. Adrián Gutiérrez López, gerente del único Banco del poblado. Vicente Faldutti, responsable del destacamento policial y también Julián Reynoso y Felipe Bustos. El primero, abogado penalista; Bustos, un reputado médico, oriundo de la zona, y por último, la participación de Carlos Manuel.
El invitado de esta noche para participar del interrogatorio- todos los viernes se convocaba a un invitado diferente- era Julio César Pertone, un ignoto porteño propuesto a instancias de Julián, pese a la férrea oposición del policía.” Es un tipo raro; no me gustan esos solitarios que llegan de Buenos Aires y actúan como los topos “se justificó entonces.
Como excepción, y a expreso pedido de Carlos Manuel convertido en todo un personaje - el pueblo entero sabía de sus delirios musicales - el grupo había consentido mi participación (yo creo que en realidad se vieron seducidos por la idea de las lasañas más que cualquier consideración de cortesía).
Respecto a Julio César, pronto coincidí con Vicente que el tipo se las traía en cuánto a su imagen de tipejo bastante raro. Membrudo y cuarentón, lucia unos bigotes a lo Clark Gable y como éste, acusaba una sonrisa sobradora. Generalmente se mostraba parco aunque cuándo soltaba alguna prenda, estilaba manejar un lenguaje un tanto críptico e incoherente.
Según Felipe, en algunos aspectos se comportaba como un paranoico.
Observándole esta noche, era evidente que el alcohol -acompañando una picada -comenzaba a abrir cauces expresivos en su cerebro.
Cenamos con cierta premura, enmarcados en un diálogo formal aunque un tanto tenso. Todos éramos conscientes de la aptitud defensiva de Julio César, que no parecía predispuesto - antes bien, todo lo contrario- para este tipo de reuniones.
Yo creo que había decidido participar del juego de la verdad, a instancias de la presión del grupo (por otra parte, el hombre necesitaba sacarse de encima el estigma de ermitaño que se había ganado entre los lugareños).
Claro que en estos momentos, resultaban evidentes sus esfuerzos para evitar que las palabras se descolgaran a través de sus labios finos y apretados.
A la hora del café, el viento comenzó a filtrar su siseo entre las hendijas.
Cosa extraña esto del viento; oyéndolo silbar, siempre me viene a la memoria cierta frase de mi abuela”: Son los muertos que nos hablan por medio de su boca”.
Y no vaya a creer uno que se trataba de un desvarío de geronte... (En realidad mi abuela -orensana ella-, no hacía más que transmitir una vieja leyenda celta, que tanto arraigara en el espíritu galaico). No señor, nada de eso.- ¿Me gustaría saber porque abandonó la Capital?
Vicente se animó a la primera pregunta.-Es un tanto difícil... -No se ande con rodeos, amigo- insistió Vicente-. Ya sabe que las reglas... -No necesitan recordarme el asunto de las reglas - respondió con una arista agresiva Julio César.-. Lo que pasa es que es difícil de explicar. ¡Son tantas cosas...!-Tómese su tiempo, Julio- señalé metiendo una cuña en la disputa. Al fin el personaje y el ritual, habían terminado por instalar en mí cierta curiosidad morbosa.-Sí, sí, lo haré. Trataré de hacerlo. La cosa comenzó hace unos años, cuándo yo decidí aceptar el trabajo que ellos me propusieron.- ¿Qué trabajo? - indagó uno.- ¿Quiénes son ellos? -preguntó otro.
¡Qué preguntas! Se supone que todo el mundo sabe que ellos son ellos y el trabajo es el de siempre...
Nos miramos como diciendo que le pasa a este tipo, o bien, quién se cree que es este boludo. No obstante, como si existiera el tácito deseo de no embarrarle la cancha, todos hicimos mutis por el foro.-Continúe... - invitó Vicente.
-Bueno...; Al principio la cosa funcionó sin problemas. Todos los días tenía que atender uno o dos casos; trabajos especiales, de ésos que a mí tanto me gustaban...
-¿Pero usted era...?-objetó Vicente, sin animarse a nombrar lo que muchos ya estábamos pensando.
-¿Yo...? Bueno..., yo era la eminencia. Así me llamaban ellos. Sí, señor. Eminencia de aquí y eminencia de allá. “Eminencia: a ésta déle sólo media máquina.” O bien: “Eminencia: a ésta hágala de goma”. Jé, jé... Ellos me habían hecho un especialista con las mujeres.
A esta altura, no podía disimular una inquietud creciente. Empezaba a comprender aquello respecto a lo causal de lo casual. Pero así son los avatares de la vida; arcanos sortilegios que solían prescindir de nuestros propios y limitados deseos.
Resultaba irónico, casi incongruente, que después de tantos años de desolación y muerte; después de tantos sueños e ilusiones que habían quedado sepultados por obra de los esbirros del Imperio, la vida me ponía frente a frente con un torturador, un verdugo a sueldo del sistema.
Pronto lo sentí: el maldito escozor que tantas veces me había acompañado a lo largo de los años de plomo. Debía aguantar y controlarme (mi signo astral era ducho en estas cuestiones de sofrenar los instintos); por otra parte era un invitado especial y no tenía el derecho de arruinarles la velada.
Noté que la voz de Julio César sonaba ríspida, como si cada palabra fuese un parto doloroso. Sin embargo, algo me hacía pensar en que el hombre escanciaba cada frase como si catara entre su boca el mejor de los vinos(a propósito, recién en esos momentos me di cuenta que ya había terminado con uno de los impagables vinos de los López, y apuraba una segunda botella.
Tenía la impresión de que todos conteníamos la respiración con dificultad. Pero cuándo miré al abogado Julián - sentado frente a mí-, me llamó la atención ver su rostro sereno, como exento de las angustias colectivas.
También la cara del gordo se mostraba distendida; su papada -“bocio maligno”, pensé-, le confería un aspecto de solitario bull-dogg.
-Así era la cosa. Eminencia de aquí, eminencia de allá. Como les dije, todo venía bien; claro que sí, caramba. Había que parar a esos hijos de puta que andaban haciendo de las suyas.
-¿Y cómo era la cosa? - volvió a indagar Vicente-. Pregunto que..., ¿cuál era su trabajo?
-¿No lo dije? No, no, claro; no lo dije. Y bueno, a veces era con la máquina y en algunos casos, cuándo venía algo aburrido, jé, teníamos otros métodos. ¿Conocen el submarino? ¡Ah...!, El submarino... Uno las hacía juntar la porquería, toda, ¿eh? ; toda la porquería de estas hijas de perra en un balde, y después que mis ayudantes la colgaban boca abajo, así, ¿... vieron como esas medias reses que se cuelgan de los ganchos...? Ahí está. Entonces les metíamos toda la cabezota dentro de la inmundicia; sí señor, era un gusto ver como sacudían el cuerpo las cerdas... jajajajajaja... Claro que la cosa no pasaba de los diez segundos, si no..., las malditas reventaban como si tuvieran la boca cosida.
-¡Yo no aguanto más! - gritó de pronto Adrián, intentando levantarse.
-¡Eso! Eso mismo decían estas canallas después que uno les asía de los pelos fuera del balde. Pero ¡qué bah! Las condenadas se bancaban eso y mucho más. Sólo cuándo perdían el conocimiento, uno paraba la cosa hasta que ellos quisieran otra vez ponerlas en mis manos.
-Discúlpeme, Julio - Vicente se había convertido casi en exclusivo interrogador -. ¿Usted dijo que al principio la cosa marchaba bien...? Oiga: me gustaría saber cuándo empezó a marchar mal.
Repentinamente, el semblante de Julio César se contrajo. Entreabriendo la boca, rechinó la dentadura unos segundos antes de responder, mientras las primeras gotas de sudor, como cansinas lombrices, raptaban por su frente.
-El trabajo empezó a ponerse fulero por culpa de ella -creo que todos quisimos preguntarle quién era ella, pero esta vez optamos por callar-. Ella... No sé como explicarlo. Al principio no se metía conmigo. No señor, para nada. Yo hacía mi trabajo con tranquilidad. Muchas veces, ¿por qué no?, se me daba por contarle lo que hacía. Me sentaba en la cama, encendía un cigarrillo y ahí nomás le comentaba: hoy me tocó una gata preñada, ¿sabés? Ellos te la envían en bolas y por ahí te dicen: ¿Quiere montarla, eminencia? Pero no, nada de eso; yo nunca quise abusarme; las porquerías siempre se las dejé a los muchachos. Shhhhhh... ¡Faltaba más! Yo nunca quise ensuciarme con esas cosas, no señor.
En esta parte del relato, sentí que mis vísceras se revolvían, mientras un ardor insoportable circulaba desde mi esófago hasta la garganta.
-Yo siempre digo que cuándo muere el espíritu, crece la sangre...
Debo haber mirado de mala manera al músico porque pronto se llamó a silencio.
-.Al principio ella era dócil, muy dócil. Yo podía decirle tranquilamente que sólo agarraba la máquina para metérsela en esos agujeros sucios. Teníamos una que era divertida de verdad: en una jaula teníamos siempre una provisión de lauchas; eso sí, especialmente chiquitas...; Entonces, les hacíamos abrir bien las piernas, todas en pelotas eh, y después que uno de los muchachos le untaba de queso el sucio agujero, ahí le metía yo el animalejo que se movía enloquecidamente mientras las putas chillaban como marranas. Dios... ¡Había que ver como gritaban las malditas! Pero hablar... No señor, no; Hablar no hablaban casi nunca...
Mientras en el baño Adrián se retorcía en medio de arcadas, yo sentía que algo en mi estómago pugnaba por salir. Asco. Una sensación de asco casi incontrolable. No obstante, ni yo ni el resto de los comensales intentamos siquiera detener las repugnantes confesiones de Julio César.El morbo se había adueñado de esa estancia.
Miré al torturador. Al observar sus prominentes arcos ciliares -enrojecidos como una brasa-, me día cuenta que el alcohol continuaba estragándole el cerebro.
Dentro del silencio mefítico de la sala, uno tenía la impresión de que millones de partículas -como ínfimas y pegajosas miasmas-, se movían en el aire entre sordos y amortiguados tintineos
Después de abrirle paso a un sonoro eructo, Julio César retomó el relato, sumido ahora en una sostenida agitación.
-También le confesaba que si alguna de estas infelices se ponía terca, ¡a la morsa con ella! Sí señor; nada mejor que la morsa en estos casos. Las manos en la mesa..., una vuelta de torniquete... ¡Y listo el pollo! Preparada, perfectamente preparada para que la eminencia realizara otro de sus trabajos especiales. Primero un clavo, no muy grande; así más o menos ¿ven? Después se lo introducía entre la carne y la uña, y con un martillito de este tamaño, se le empezaban a dar golpecitos; así, así. Je, je... Entonces, cuando las muy putas no querían hablar -shhh, siempre conque no sé nada, no sé nada - les mostraba de pronto una tenaza y dulcemente, dulcemente, eh, les prometía que de un solo tirón perderían sus preciosas uñas. ¡Carajo! A veces no quedaba más remedio que hacerlo nomás... ¡Y ahí sí que hablaban, carajo! ¡Las putas no querían perder sus preciosas uñas...!
-Esto ya es intolerable -gritó Felipe-. Me sobrepasa. ¡Yo no sé como mierda aguantan ustedes! Me voy a la galería.
Durante los últimos instantes, yo había permanecido con la cabeza baja transmutado en una de las víctimas de aquel troglodita, escuchando la gangosa voz del victimario, convertido en “víctima” de esa noche. Víctima atosigada por una palidez extrema, refugiada en la cuenca de sus ojos.
Ahora, sólo ahora uno entendía su rechazo original a este morboso juego; llamaba la atención - al menos a mí - que la manera dramática y angustiosa del relato, no condiciera con la imagen fría y templada de este tipo de sujetos; pero ya sabemos como la naturaleza humana impone sus propias excepciones.
En medio de un silencio denso y sofocante- se podía rasgar el aire como si fuere una invisible tela-, me oí preguntar:
-Oiga Pastor: ¿Qué nos dice Dios a todo esto?
-¿Dios...? -ensayó el religioso con una mueca de escepticismo-. Dios siempre está en uno, para pedir cuentas cuándo falla la justicia de los hombres.
Vicente no parecía resignarse ante el momentáneo mutismo del interrogado. Observando su boca abierta como un estúpido mero, quiso meter más hondo el bisturí.
-Así que a ella... ¿se le dio por joder...? Digo..., no le gustaba lo que usted hacía ¿no?
Julio César permaneció callado unos momentos antes de responder a la ansiedad morbosa de Vicente; esa ansiedad que para mi propia sorpresa, yo asumía como propia y la imaginaba cómplice de nuestras libaciones.
-Muchas veces me dije: no tengo que darle pelota; voy a matarla con la indeferencia; total, pensaba, a la larga se cansará de martirizarme. Pero no; la maldita no se daba por vencida. Ya no tenía que soportarla sola en mi casa, sentada frente a mí a la mesa, o acostada en la cama dale que te dale como una máquina incansable. Hasta cuándo hacía mis trabajos me imaginaba que ella estaba allí mirándome fijamente...
-¿Y qué hizo usted, Julio? ¿Qué hizo para sacársela de encima? -insistió la ansiedad de Vicente.
-¿Qué, que hice yo...? Eso mismo me lo pregunto aún.... Que hice yo... ¿Qué hice yo...? ¿Pero que fue eso? ¡Eh! Oigan...; creo que alguien llama. ¡No abran...! No, no abran por favor... - la voz de Julio César parecía desinflarse por momentos.
Todos miramos hacia la puerta -incluso hasta Adrián, apoyado contra el marco de la puerta del baño-.
Tomados por un silencio ceñido, sólo se oía el retumbar de los truenos en retirada, como si un pequeño ejército arrastrara cajas entre las nubes.
Julio César era el retrato de la desazón.
Ahora el sudor le bajaba desde su cuero cabelludo en forma de agua maloliente.
En la mirada del verdugo se dibujaba un extraño terror.
-Y me lo dijo - la voz sonaba escarnecida, como si alguien pateare en el trasero a las palabras- Sí, señor que me lo dijo. Yo te voy a seguir a todas partes. Y así fue. Cuando ellos me dijeron que debía tomarme unas vacaciones... Váyase un tiempo a las sierras, me dijeron. Allí el aire es bueno para reponer energías. Lo que usted tiene es un poco de cansancio. Eso me dijeron ellos. Pero yo fui un estúpido porque no tuve huevos para confesarles que el asunto era por ella, por la maldita hija de puta que no me dejaba vivir en paz.
-Pero... - quiso terciar Vicente vaya uno a saber con que inquietud.
-Todavía no sé por qué-... -Julio César no estaba dispuesto a callar-. Ella nunca me había molestado antes. Nunca, eh. No sé como decirlo pero al principio convivimos sin problemas, casi amigablemente. Pero..., ¡qué sé yo! Un día se desató la endemoniada y desde entonces ya no tengo paz.
-Bueno hombre, creo que ya está bien. Se está poniendo usted mal. ¿No quiere tirarse un rato en la cama?
-No, no. Es peor si me callo. Hace mucho tiempo que necesitaba contar estas cosas porque tenía como una bola de acero aquí en la garganta... Necesito hablar- vi como se pasaba un pañuelo por la cara hinchada de sudor-. Todavía recuerdo cuándo me escapé de mi casa. En silencio, ¿saben? Shhhh, me fui casi en punta de pies. ¡Ahhhh! ¡Cómo aspiré el primer día el aire serrano! Sin recuerdos fastidiosos. Sólo; sólo yo dentro de mi habitación, en la sala; sentado a la mesa o haciendo mis necesidades en el baño. Sí señor; yo me sentía muy bien durante los primeros días en este hermoso lugar, claro que sí carajo, claro que me sentía bien...
De pronto se me ocurrió pensar que si una mosca volase a través de la mesa, seguro que asaltaba nuestros oídos como un viejo B 25.
A esta altura, el interrogado parecía una ruina a punto de desmoronarse.
Por ese entonces, creo que una mezcla de indignación y piedad, comenzaba a ganar nuestros sentimientos.
Sí, de piedad, porque aunque hablamos de una infamia, yo tenía plena conciencia que los malditos genes, esos dictadores omnipotentes del ADN, condicionaban nuestra cochina vida para bien o para mal (En última instancia, la santidad o el crimen no eran patrimonios que uno podía adquirir por imperio de la voluntad; los ladrillos moleculares siempre fijarían irreversiblemente nuestro patrón de conducta, sin posibilidad de reclamo alguno).
Entonces las neuronas (las de uno, claro) a contramano de sus propios cortocircuitos eléctricos, terminaban por sucumbir a la misericordia.
La excepción-ya lo dije- provenía de Julián que observaba todo con frialdad escandinava; el rostro del abogado parecía el paradigma de la serenidad, como ajeno a la tensión general.
-Sin embargo... - Julio César pareció sacar sus últimas fuerzas de su abatimiento, sin dejar de jadear, en medio de espasmos que sacudían visiblemente la gordura de su cuerpo-. Sin embargo..., la obstinación de ella parece que pudo más al fin. Hace unos días, al volver una tarde a mi casa, la muy hija de puta me estaba esperando. ¿Dónde, se preguntarán ustedes? ¡En la cama! ¡En la mismísima cama volví a encontrármela a la turra! Pero ahí está otra vez.... ¿No la escuchan...? ¡Ahí está otra vez la maldita que me ha seguido hasta aquí! ¿Pero que carajo les pasa...? ¿No la escuchan como golpea a la puerta...?
Todos volvimos a apretarnos codo a codo con el silencio. Sin embargo, yo también tuve la sensación de oír unos golpes en la puerta.
-¡Ábrale Vicente! ¡Ábrale usted que está más cerca...! -gritó Julio César con una entrecortada y metálica voz.
Como impelido por una fuerza misteriosa, la grotesca figura del policía se abalanzó hacia la puerta. Casi acompañé sus movimientos, hasta el preciso instante que jalaba el picaporte.
Repentinamente, tres fogonazos hendieron el aire viciado por el humo del tabaco.
Todo había transcurrido tan vertiginosamente, que ninguno de nosotros había alcanzado a ver como Julio César, después de extraer una Luger con silenciador, disparaba hacia la puerta de calle.
Al reparar de nuevo en él, lo vi rígido, con la boca abierta y los ojos fijos como manchados huevos de codorniz.
Luego de tomarle el pulso, Felipe hizo nones con la cabeza.”Ha sido una síncopa” -dijo.
Carlos Manuel, con una copa de vino entre sus finos dedos, volvió a perturbarme el oído y la paciencia con aquello de que al morir el espíritu, crecía la sangre. Tuve ganas de mandarlo al carajo - con todas sus blancas y corcheas-, pero me contuve. Instantes en que el subconsciente habló por mí cuándo me oí preguntar si alguien sabía algo acerca de esa mujer que tanto perturbara al muerto.
-¿Qué mujer, Gregorio? ¿Qué mujer? Este infeliz hijo de puta vivía sólo. Aquí, y allá en Buenos Aires.
Julián no pareció sorprenderse de mi mirada sorprendida. Como si hubiera intuido mis pensamientos, se apresuró a continuar:
-Yo lo hice seguir permanentemente. Hasta aquí habían llegado denuncias de los organismos de derechos humanos sobre su paradero - hasta el propio Sábato tomó cartas en el asunto a través de la comisión Nunca más, que preside-; por supuesto que debí moverme con la máxima discreción al respecto. Te digo más: cuándo recabé informes al Departamento Central, me informaron todo, menos el oficio real de este tipo. Ahora... ¿a quién le cargaremos este muerto? ¡Ta que lo pario! ¡Lindo kilombo para el pueblo! Menudo lío vamos a tener con ellos...
La cara de Vicente -desvaída como una pelota con los tientos gastados- no aparentaba asombro. Lo era. Su voz sonó desinflada cuándo se animó a indagar, mirando al abogado:
-¿Así que vos...? Pero mi viejo... ¿no pensás que debiste avisarme al menos...?Julián ni siquiera le respondió. Todos estábamos pendientes de sus palabras.
-Este hombre odiaba a las mujeres. En realidad, esto no figuraba en el informe. Lo intuí yo luego de corroborar su condición de misógino y misántropo. Por otra parte, se había marchado de su casa paterna, luego de enterarse que su propia madre comenzara a ejercer la prostitución, al poco tiempo de quedar viuda.
En medio de una enorme confusión, me di cuenta que ya no podía continuar prestando atención a la verborrea del penalista.
Creo que fue en esas circunstancias, cuándo me dije que tendría que desaparecer rápidamente del pueblo, antes que ellos vinieran a buscar a Julio César; que si bien estábamos en democracia. nada estaba seguro todavía.
Observando el rostro de éste, viendo como el terror había cincelado su cara con una expresión de espanto, sentí que me invadía un intenso escozor, al recordar de pronto las precisas palabras del pastor.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario