viernes, 2 de abril de 2010

"La Valija"

(Otro de los cuentos que Alonso Lama piensa enviar a un Concurso literario en España)

"La valija"

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Vivencia las palabras; una especie de misterioso bienestar derivado del propio pensamiento. Al fin ha llegado la gran ocasión, el momento largamente esperado.
Festeja haber sido el elegido. Uno entre centenares. Todos pretendiendo el honor de llevar a cabo la gran misión. Primero, participando del gran robo prodigiosamente preparado y ejecutado por orden directa de los supremos dirigentes. Luego, el largo viaje con la valija, transportando en su interior la maravillosa riqueza mineral, luminosa como un sol.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Es consciente que después de entregar la valija, sus mayores deseos se harán realidad: un nuevo poder; riquezas inimaginables, goce espiritual indescriptible; las más hermosas mujeres - incluso las que quisiera tener de acuerdo con sus necesidades o deseos: para la cama, para el servicio personal, para charlas de carácter personal...
Mientras viaja en el Tube, cierra los ojos dejando que su imaginación se atreva a más. Las mujeres son su obsesión. Le gustan todas: altas y delgadas; bajas y rechonchas, morenas y blancas, de cabello rubio, negro, o enrojecido; con pecas o sin pecas; de culo grande o culo chico; lo mismo da; le agrada la mujer por la mujer misma; sabe que Dios se las ofrece a los hombres como objeto de placer, en premio a su consagración religiosa.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Abre los ojos. Sentado frente a él, un hombre lo observa. Siente la mirada del desconocido como una aplanadora. Mira a sus dos compañeros de ruta: a través de sus imperceptibles sonrisas, supone que ellos comparten su regocijo interior. Es consciente que la misión es demasiado riesgosa y extremadamente importante para uno sólo; por eso le han enviado con esos hombres; sabe que ante cualquier contingencia negativa, sus compañeros tratarán de entregar la valija, aplicando un plan secreto que él desconoce.
Antes de emprender la misión, los dirigentes le han dicho que extreme los cuidados; que el valioso robo ya ha sido denunciado a las autoridades. Pero no tiene temor. Por otra parte, carece del perfil de un sospechoso (todo ha sido minuciosamente preparado); incluso puede pasar por un perfecto caballero inglés: alto, de cuidadas facciones; ojos celestes de contacto, y traje tradicional oscuro, de impecable alpaca. Cree que su singular presencia, tal vez sea lo que concite la atención del hombre que continúa observándolo.
Es el momento de demostrar todo lo asimilado durante el largo aprendizaje: sostener la mirada; seguridad interior que deberá trasuntar el rostro, gestos firmes, movimientos naturales.
De todos modos, si el desconocido fuere policía, no podrá evitar el seguimiento de los hombres de Scotland Yard.
Pero el desconocido, luego de bajar la mirada, se pone de pie y avanza hacia la puerta de salida del vagón. Él lo sigue con el rabillo del ojo mientras siente el caño del silenciador de su propia arma, sobre sus costillas.
"La valija debe ser entregada en el lugar prefijado, pero ante cualquier eventualidad de requisa, inmediatamente, sin dudar un sólo instante, se deberá aplicar el plan B".

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
La frase se libera desde algún recodo de su cerebro generando un imperceptible temblor en su cuerpo. Cierra los ojos invocando la protección divina. Dios, que es justo y todopoderoso, no permitirá que eso pase. Sabe que tendrá el paraíso prometido, los manjares exquisitos y las mujeres más hermosas, sólo a condición de entregar la valija en el punto preciso. Además, Ellos le habían prometido también que su familia sería recompensada con una importante suma de dinero para acabar con la miseria ancestral de los suyos.
Ve que el hombre de la mirada aplanadora desciende en la estación. Instintivamente, lo sigue con la vista hasta que se pierde entre el resto de los pasajeros.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Tres estaciones más. Luego, la escalera. La avenida bulliciosa, el monumento a Nelson ¿O sería el de Lord Wesseley, el famoso duque de Wellington? ¡Estos ingleses mal paridos siempre han tenido suerte...! De no haber sido por Blücher, por una parte, y por las hemorroides por la otra, Napoleón los hubiera derrotado en Waterloo. Citas históricas de sus estudios secundarios. De nada habían servido. Nunca fueron suficientes para ingresar a la Universidad, otro de sus sueños postergados por la miseria crónica. Pero que importa ahora.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Trafalgar Square. El corazón del mismísimo imperio británico. Cruzaría la calle. En la esquina opuesta lo estaría esperando el enlace. Traje negro, enteramente negro. No lo sigas. Él sabe que hacer con la valija.
Observa a la gente del vagón. Mujeres de impecable belleza. Buena ropa. Atildados gentleman s; empleados de oficina, algunos obreros; niños sin hambre. Tan cerca pero tan lejos de la gente de su pueblo.
Ahora es un hombre de delicados modales que lo mira con la barbilla levantada. Cree percibir cierta inquietud en aquellos ojos celestes. ¿Será cierto lo que se dice? Uno de cada cuatro ingleses es gay. Le parece demasiado. De todos modos, tiene en claro que no es un pueblo de maricas. Tampoco importa demasiado. Debe concentrarse.


Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Una nueva vida. Los indescriptibles placeres.
El conductor ha liberado el freno. Las ruedas comienzan a girar nuevamente sobre los rieles. Dos estaciones más; sólo dos estaciones. Un poco menos de cinco minutos y entonces habrá comenzado la cuenta regresiva. Adiós a la pobreza; adiós al colchón flaco, a la ropa raída y las comidas salteadas.
Piensa en su madre. Se había prometido tratar de evita los pensamientos que lo ligan a los afectos. Pero no puede evitarlo. Varias veces ha tratado de quitar la imagen de ella parada frente a él, mientras el tren subterráneo continúa raptando por el túnel. Imposible. El recuerdo vuelve una y otra vez entronizado en la imagen de ese cuerpo doblado, de rostro peculiarmente semita y cabellos grises; una imagen angustiosa que grita en silencio en su interior.
Está enferma. Es su madre. Neumonía. Hay un sólo remedio. Y un sólo laboratorio que lo hace. Nombre raro. Paraíso y goce. No, no; no es momento para pensar en eso. Dios le impone ese recuerdo y Dios sabe porque lo hace. Doscientos treinta dólares. Una locura. Su padre no gana ni la cuarta parte en el mes. Y es dinero que debe repartirse para alimentar 7 bocas.
Dos años atrás, próximos a cumplir los diecinueve. Se organiza una colecta. La pequeña e ignota comunidad de 456 vecinos se moviliza. Todos ponen lo que pueden, y más también.
Esa noche, el padre cuenta los billetes arrugados y las monedas de todo tipo; hacen la conversión: apenas ciento treinta y un dólares con cincuenta. Su madre se muere. Necesita la droga para sobrevivir. Toma una decisión. Ha oído hablar de Ellos. Sabe que siempre andan buscando jóvenes como él. Aceptará trabajar para la organización. No le interesan los comentarios maliciosos. Sabe que algunos padres prohíben a sus hijos acercárseles. Dicen que andan armados, que roban, matan y todas esas cosas...

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
No, no; debe terminar con el recuerdo; sabe que lo fortalecerá en los momentos decisivos que se avecinan.
El tren ha partido hacia la última estación de su itinerario. Unos minutos más y estará frente a la parte más difícil del recorrido. Se pone de pie. Los doce quilos de la valija ladean ligeramente su hombro derecho. A través del vidrio oscuro observa que sus guardaespaldas aparentan mirar distraídamente. Su madre continúa reclamándolo a través del recuerdo. Debe acercar su oído para escucharla. “Ellos no son como nosotros. Dicen que roban y matan...”. Piensa que su madre no entiende, no podrá entender jamás porque pertenece a una generación incorporada al sometimiento a los Imperios del hombre blanco. Pero sí entiende el acto de preservación de toda madre. Su padre lo bendice. Lloran en un abrazo interminable.
Hace el juramento de rigor. No le importará robar; no le importará matar si se lo ordenan. Está escrito en el libro sagrado de sus ancestros.
La droga milagrosa llega tres horas después.
Oye el mecanismo del aire comprimido. La puerta se abre. Prefiere ascender por la escalera manual. Menos gente.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Cuenta los escalones. Diecisiete, dieciocho. Es mejor pensar en cualquier cosa para liberar la tensión que se torna extrema. Veinticinco, veintiséis. Tiene la sensación que la valija pesa mucho más de los doce quilos declarados. Se lo hemos robado a ellos, padre. En el corazón mismo del imperio. Treinta y cuatro, treinta y cinco.
Paraíso y goce. Goce y paraíso.
No ve el momento de que se haga realidad el premio prometido. Sabe que ellos van a cumplir. No tiene duda.
La niebla londinense se ha metido en el último tramo de la escalera a cielo abierto. Una llovizna pertinaz ha mojado los escalones.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Sale a la calle. Después de unos instantes de confusión, ve a lo lejos la borrosa imagen de la columna y el tradicional reloj de la torre, que está por marcar las seis de la tarde. Mira el monumento. Ahora lo ve con claridad. No es el tradicional duque. Es el manco Nelson, el tradicional y gran almirante de la flota. El corazón ha comenzado a latir de manera incontrolada.
Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Uno de los tradicionales transportes de dos pisos detiene su marcha al borde de la calzada. Los tradicionales pubs están atestados de bebedores de cerveza. El reloj, Nelson, Trafalgar Square, el transporte público, los pubs, todo muy tradicional, a tono con la tradición del viejo imperio; bien made in england, bien británico. Enseñanzas del manual.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Cruza la calle. Sus guardaespaldas se confunden con el resto del pasaje. Por unos momentos lo invade una inesperada duda. No recuerda si debe caminar hacia la derecha o hacia la izquierda. Consulta a sus guardaespaldas. Giran hacia la izquierda. De pronto, se detiene frente al escaparate de un comercio. El cristal refleja su imagen y la de sus acompañantes. Cierto es que las apariencias engañan. Podrían ser tomados por hombres de negocios caminando en medio de la acera crecida de transeúntes.
Rápidamente, se ha acercado a la columna de Nelson. Paraíso y goce. Goce y paraíso. Mira hacia su derecha: nada. Mira hacia su izquierda: el hombre de negro, guarecido debajo de una ochava. Ve su cara de póquer. No hay palabras entre ellos. Le entrega la valija.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Ahora el corazón parece un avestruz dando potentes patadas. La boca se ha ido resecando lentamente; la siente como una lija fina. Sigue con la vista al hombre de negro que se dirige al monumento de uno de los hacedores del imperio. Ahora lo comprende todo.

Paraíso y goce. Goce y paraíso.
Sabe que en contados segundos, las voces cesarán; las caricias serán detenidas en el aire, y que miles de mujeres penetradas no podrán evacuar ni escuchar el grito liberador del orgasmo. Trafalgar Square; Piccadilly Circus, todo Londres, será pronto un intenso sol, cuándo el hombre de negro accione el percutor de la valija

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