sábado, 27 de marzo de 2010

"No podía dejar de verte"

Relato que pertenece a la novela.

“No podía dejar de verte...”

Mira hacia la calle.
La interminable espera a través de la ventana. 30 días sin venir. Estúpida aventura, típica infidelidad de adolescente. Un par de copas y la pelirroja que le tira toda la artillería erótica. Ya se sabe: la típica pasión en la que el instinto sexual apuesta todo a ganador. “Puedo explicarte...” “No necesito tus explicaciones. Te encamaste con ella; eso es lo que importa”. Respuesta visceral. A tono con el signo de fuego. Escorpio es así. A todo o nada. A mentira o verdad. Sin medias tintas.
Mira hacia la calle.
Ha comenzado a llover. El viento de marzo, sibilante, teje su lúdica sinfonía a través de los intersticios de puertas y ventanas. No vendrá. Seguro que no vendrá. O tal vez, sí. El primer aniversario. Mucho peso emocional. Cinco años seduciendo a través de cómplices miradas, hablando por medio de los ojos que lo decían todo. Demasiado en juego. Prejuicios atávicos. Con mucho en riesgo: las amistades, los parientes, la condena social a esa relación que todos veían venir. Aristas compartidas. Una historia común de frustraciones sentimentales. Por suerte sin hijos como secuela; sin esas sanguijuelas emotivas que tanto condicionan el espíritu. Tal vez vendría. La esperanza estalla en fragmentos de dudas. Pero es la esperanza.
25 de marzo. 2001. Mar del Plata. En medio de una serie de marchas y protestas sociales. Peatonal y Córdoba. Luro y Catamarca. Belgrano e Independencia. El piquete financiero reclamando a un país que no existe. Lo sabe bien; aún lo padece con ella en carne propia.
Mira hacia la calle.
Como siempre a lo largo de estos últimos 30 días. Pero hoy más que de costumbre. No ha podido separarse del amplio ventanal biselado que da al balcón terraza. La lluvia ha levantado una cortina plomiza que se extiende a ras de las olas. El mar parece corcovear.
Mira hacia la calle.
Siente que la lluvia predispone al recuerdo melancólico. Algo más de un año atrás. El piquete financiero había terminado. La larga caminata, el cansancio de las piernas, la garganta que parecía gastarse de improperios y de gritos, invitaban a una pausa. Corrientes y Peatonal. “El Vitti.” El tradicional café, refugio de tantas tardes solitarias. La angustia exalta el peculiar rostro. El dinero sustraído; las penurias económicas; las facturas vencidas. “¿A vos no te parece una injusticia? Estos ladrones de guante blanco...” Comparte su aflicción. Trata de consolarla. Las cálidas palabras se descuelgan con pereza de su péndulo bucal. Parecen enroscarse en las volutas de tabaco que ascienden hacia el cielorraso en busca de una muerte inasible. Y de pronto, el milagro: las manos de ella que se encuentran con las suyas, los dedos presionados, la mirada intensa empujando a la confesión que aún hace un último intento de refugiarse en la garganta. Hasta que el sentimiento oculto, eclosiona: “Y sí...; no lo soporto más. Hace cinco años que lo vengo guardando. Me gustaste desde el primer día que te vi. Estoy enamorada de vos”. Luego las manos que se apartan bruscamente. Miedos, angustias, prejuicios, una trilogía agazapada, siempre al acecho en ese amor que llevaba el rótulo de clandestino.
Mira hacia la calle.
Alguien corre por la acera con un paraguas dado vuelta. No sabe muy bien por qué, pero cree estar segura que una voz le dice que no deje de apostar a la esperanza.
Mejor seguir pensando. Piensa. Si leyó la carta, intuye que el milagro aún es posible.
Demasiado en juego. Lo sabe. No es una historia de típicos amantes comunes: la habitual cita- almuerzo o cena, según las horas de disponibilidad-; una charla donde ambos se desprenden por un rato de sus angustias hogareñas y comunes frustraciones, y luego sí, a la cama. Hotel nuevo o repetido- depende, siempre depende- según el peso de la rutina, y después del rutinario consuelo del orgasmo compartido - o no- , vuelta a soportar la otra rutina del hogar.
Pero esta historia era diferente. En lo social, en lo sentimental, en lo espiritual, pero sobre todo era diferente por la mágica conjunción de buscar a Dios en cada grito de los orgasmos excluyentes y compartidos.
Mira hacia la calle.
Una bruma incipiente avanza desde el Este. En pocos minutos, sabe que se devorará la costanera y que luego trepará hacia la calle alta que ahora permanece desierta. Por momentos, ve el fantasma de ella descender del pequeño auto rojo y luego cruzar la calle con su andar felino. Veinte pasos más y estará frente a la puerta de entrada. Oye el timbre, el sonido virtual que se instala en uno de los intersticios de su cerebro. Le entrega el ramo de rosas rojas preparado para ella. “No esperaba menos de vos...” le dice la virtual voz, y de pronto, el vacío, la imagen que se esfuma mientras el ventanal recupera su lugar en la realidad cotidiana.
Mira hacia la calle.
Lleva horas de pie escudriñando el asfalto y las aceras. Mejor volver a los recuerdos, sumergiéndose en los pasadizos de un amor sublime. Siempre en busca del nirvana; un amor en el cuál el sexo no estaba condicionado por los genitales. Sí, mejor recordar el último acto de amor, antes de la ruptura: preludio de masajes japoneses- una Geisha; una experta en hacer estallar los poros de la piel -. “Hay que liberar al cuerpo; dejar que hable y se exprese por cada una de estas pequeñas ventanitas de la piel. El espíritu protesta a través de la voz, pero sólo los poros abiertos pueden liberar las angustias de la carne”. Piensa, ¿cómo no amar a una mujer capaz de semejante pensamiento?
Mira hacia la calle.
El ruido de un motor sube por la cuesta. Pronto lo ve: es el pequeño auto rojo. El PC del cerebro hace clic. Pausa. Sintonía fina. No se trata esta vez de un auto virtual parido por la ansiedad de la espera. Es real. Y de él, no desciende el fantasma de ella. Es ella. Falda larga tableada, brillante piloto rojo, botas color ciruela.
Comienza a cruzar la calle. Como autómata, va en busca del ramo de rosas. La chicharra del timbre le suena como el mejor trozo musical de Mozart. Ruido de ascensor. Las puertas que se cierran.
El toc, toc sobre la puerta de madera. Inconfundible. Aspira hondo. Ensaya una sonrisa para Da Vinci. Abre la puerta. Las palabras, convertidas en un pequeño amasijo en el paladar. La ve sonriente. Serena. Ella es la que habla.
- No podía dejar de verte, María.


Te invito a visitar mi Web: www.sanesociety.org/es/JoseManuel

sábado, 20 de marzo de 2010

"E"

Aquí va otro de los cuentos que componen la novela(recuerden que el protagonista es escritor y los relatos forman parte de una serie con los cuales quiere participar de un concurso literario en España).
“E” Falsa alarma. Un nuevo intento fallido y otro golpe de suerte; claro que en esta ocasión, su extrema fragilidad se había salvado de la muerte por milagro. Debería extremar los cuidados, evitando correr el riesgo de otro engaño porque no tendría otra oportunidad. Sabía que Dios fijaba las reglas con dureza pero con claridad: una sola oportunidad; uno sólo de los suyos para alcanzar la liberación ansiada.. Iniciado el viaje, no había retorno posible. Y la opción era de hierro: la vida para uno; la muerte y el olvido para el resto. ¿Miedo? Sí, claro que tenía miedo; no en vano el miedo era la piedra angular de su existencia. Un miedo que no era gratuito desde el momento que el riesgo de morir era infinitamente mayor que el de vivir. Pero valía la pena. De triunfar en esa loca y desenfrenada carrera, el premio compensaría la suma de todas las angustias; pasadas y presentes. Pasadas, porque la historia colectiva de sus ancestros, había grabado a fuego en su memoria los avatares de la raza. Presentes, porque ahora formaba parte de los elegidos; tenía el privilegio de hacer realidad ese ansiado sueño de acceder a una nueva y maravillosa vida; dejar para siempre los oscuros vericuetos de su infra existencia, en medio de los continuos terremotos que sacudían su frágil estructura. Todo eso quedaría ahora en el pasado; todo eso, más la insoportable experiencia de padecer impotente, los agudos y persistentes gritos, cada vez que el frágil tubo se movía por los infinitos corredores de su extraño y gigantesco universo. La memoria colectiva era sabia: de alguna manera sabía que al formar parte del alucinante viaje, en primer lugar se debería prestar atención al acople; si era brusco, mejor dejar el intento para otra ocasión (la ansiedad- él también lo sabía- jamás era buena consejera); demasiados muertos -no, no: muertos no: suicidas, se corrigió- en ese loco e inútil intento por tratar de ganar la nueva vida. En segundo lugar, saber que el río lechoso y traicionero no admitiría ningún error a la hora de lanzarse en su torrente vertiginoso. Que no era cuestión de quemar las reservas energéticas durante el escaso tiempo para llegar a la meta. Dios no admitía errores, pero Dios era justo: todos gozaban de idénticas oportunidades como parte sagrada y original del libre albedrío. Castigo o redención, ése era el dilema. Si se renunciaba al riesgo por terror o cobardía, el castigo sería el anonimato eterno, la condena de permanecer aislado, ocioso y vacío, lejos del gran río que llevaba a la nueva vida. Pero si se acometía el riesgo- con todas las implicancias de la latente amenaza de la muerte- entonces, la redención era posible. En cuánto a él, era consciente que ahora ya no habría retorno posible. Al fin, luego de abandonar la celdilla que lo mantuviese sujeto durante tanto tiempo, se había decidido -como el resto de sus anónimos adversarios-, a salir en busca del gran río( desde su refugio, a la espera del inminente acople, presentía que el caudal se tornaría pronto gigantesco). Claro que tendría que soportar la agonía de una lenta y desesperante espera. Aplicar su mejor percepción para saber el instante preciso en que debía arrojarse en la corriente, en pos de la gran luz que lo esperaba al final de ese oscuro conducto. Percepción fina, además, para intuir el momento del acople fluido. Entonces sí, al escuchar la Gran Voz de alarma, no dudar en arrojarse al caudal, cuándo millones de voluntades como la suya habrían de sumergirse en el torrente seminal del hombre. _________________________________________________________________

domingo, 14 de marzo de 2010

"La Guagua"

Este cuento erótico pertenece a la novela. Espero que les guste.
La “guagua”

El hombre busca con su mirada el timbre de la casa. Ve la ventana abierta de la prolija prefabricada de madera imaginando que hay alguien en su interior.
A la vera de una empalizada, discurre un caudal de aguas servidas. El hombre mide el curso de agua antes de pegar el salto. Sobre uno de los flancos del lechoso líquido, observa una mancha negra que parece moverse; efectivamente, se mueve: un grupo numeroso de hormigas, llevando retazos de hojas a cuestas, delibera buscando una solución al repentino problema ; aquel curso de agua sorpresivo, las aislaba momentáneamente de su hormiguero. O cruzaban o morirían.
Una vez más, el hombre busca el timbre. Deja la chanta(*) con los juegos de sábanas en el piso y luego acomoda la caja con la lencería.
Mira hacia la puerta y se golpea las manos.
Pronto aparece una joven mujer, delgada y algo retraída.
-Sí... - dice la joven mujer, mientras parece medir con la mirada al hombre.
El hombre-frisando los cuarenta, de mediana estatura, cutis blanco, atractivo porte y bien parecido- ensaya la mejor sonrisa, despliega el juego de sábanas más vistoso, y tienta a la joven mujer con un plan de pagos “... a crédito, sin garante, señora”.
Buen comienzo, piensa. Le parece que no será necesario el truco de sacar una bombacha de la caja y exhibirla en la puerta de entrada. No fallaba nunca. Si la mujer se asomaba a la puerta, la bombacha en ristre era el elemento de presión sutil más efectivo; sabía(el hombre, claro) que a partir de ese momento tenía asegurado el ingreso a la casa.


Se sorprende que la joven mujer le invite a penetrar en la vivienda.
Una vez en su interior, el hombre gira la vista a diestra y siniestra. Piso prolijo, madera prolija, cortinados prolijos, cocina pequeña pero prolija; divisor de ambientes de tapicería, limpio y prolijo también.
- La felicito, señora. Veo que tiene todo muy prolijo.
La joven mujer se sonroja.
-Y... cosas de la familia. Mi abuela era prolija; mi madre no le cuento. Yo...
-Vos prolija, también- pontifica el hombre. Siempre pasaba rápido al tuteo. Costumbre del trabajo.
-Claro, claro- acota la joven mujer.
Mientras ella mira las prendas de lencería, el hombre intuye que tiene una venta segura. Momentos en los cuáles-como siempre-, los tejidos nerviosos enroscados en su estómago, comienzan a relajarse. Síndrome típico de la venta.
La cara de la joven mujer parece hablar sin palabras, mientras desliza entre sus manos de estatua de virgen, un baby doll blanco, el largo y transparente camisón negro, y la pequeña bombacha de color rojo con la rosa negra en su centro.
El hombre acomoda sobre la mesa el talonario de solicitudes y los pagarés respectivos. Colocando el papel carbónico entre las hojas, recién repara en el vientre algo hinchado de la joven mujer. Ve que el salto de cama de ella luce con el cinturón suelto, y que el borde derecho de la prenda, deja al desnudo parte de uno de los muslos femeninos.
La joven mujer apenas había merecido un seis en la calificación previa del
hombre( costumbre del trabajo); pero, por encima del resto de sus sentidos, en las cuestiones eróticas, es su vista la que oficiaba siempre de sumo sacerdote (para colmo, cómplice de su libido más perversa) ; pronto, la vista comienza a fagocitar la imaginación. De pronto, se siente atraído por la juventud de la mujer; y de pronto, también, percibe que emana de ella una peculiar sensibilidad cada vez que ella habla y se mueve.
Observando nuevamente el pequeño vientre de la joven mujer, siente la necesidad de hacerle una pregunta, movido por una particular presunción. Sin embargo, opta por callarse.
Repentinamente, ella pide permiso para llevarse la lencería preseleccionada a la habitación. El hombre asiente.
Cuándo la joven mujer se pierde detrás del cortinado azul rasado, él se acerca a la pequeña ventana que da a la calle. Apoyando su frente contra el vidrio, escudriña tratando de observar a las hormigas. El hombre es buen lector. Recuerda que un grupo de científicos había llegado a la conclusión de que, en caso de una contienda atómica-desaparecida la raza humana-, sería la hormiga una de las especies privilegiadas capaz de reemplazar al hombre en el dominio del planeta(sabe que las cucarachas también tienen lo suyo). El recuerdo lo sobrecoge; ignora por supuesto si esa especulación podría llegar a cumplirse; solo está seguro de una cosa: que dentro de un millón de años, sobre la faz de la tierra, ni siquiera habrá de perdurar la sombra de una pátina humana.
-Señor...
Desplegando una de las hojas de la cortina divisoria, ve que la joven mujer le hace señas para que pase a la habitación. Sorpresa. Ve también que se ha puesto el largo camisón transparente. Su cuerpo parece un esbozo de Modigliani.
Mientras se mueve hacia la habitación, el hombre piensa en la ligereza moral de la condición humana.
Al abrir el cortinado, segunda sorpresa: acostada sobre uno de los flancos de una cama matrimonial, una beba durmiendo; prenda rosa con vivos blancos.
El hombre mira a la mujer y a la niña. Un Dios gramatical se descuelga de su boca. No entiende que pasa. Señala la beba.
-Mi hija, la guagua- dice la joven mujer que se ha desplazado hacia el respaldo de la cama. El oído del hombre percibe la sutil tonada norteña; zamba, chacarera o baguala, pero norteña al fin.
No sale de su asombro. Mujeriego empedernido, pero como esto, nada ni por asomo. Tiene la sensación de que alguien ha introducido un bisturí abriendo una zanja en medio de sus hemisferios cerebrales. Sabe que no está en presencia de una prostituta; que incluso la joven mujer le acaba de pagar las prendas...
De pronto, alcanza a asir un pensamiento que pasa volando por encima de su cabeza. Puede ser la tabla de salvación, la explicación que necesita:
- ¿Sos mamá soltera...? Digo...
La joven mujer parece ruborizarse.
-No, no; estoy casada-acota con la cabeza ladeada. Luego se recuesta sobre el respaldo de la cama, entreabriendo ligeramente las piernas.
El hombre mira las transparencias del camisón y ve que la mujer no tiene puesta la ropa interior. Retrocede un paso pero se da cuenta que es inútil: los pruritos morales sucumben bajo los efectos del deseo carnal. Materia y espíritu; una pelea cotidiana. Frente al sexo, siempre el mismo ganador. Pronto, el animal visceral satisface sus instintos.
Cada gemido de ella, le parece el gemido angustiante y colectivo de la raza humana.
Al despedirse-después de besar en la frente a la joven mujer -, comprende que la misericordia ha tendido un manto de piedad sobre ambos.
En el momento de abrir la puerta de entrada, distingue una cinta negra por encima de las aguas servidas. Son las hormigas. A modo de un pontón viviente, centenares de éstas han elegido misteriosamente el camino de la muerte-una especie de suicidio misterioso- ; sumergiéndose en el agua, permitiendo que otros centenares de congéneres se abracen a sus cuerpos, formando un puente natural por dónde ha comenzado a cruzar el resto de la colonia.
El hombre mira el curso putrefacto y maloliente. Luego voltea la cabeza y mira hacia la casa prolija. La joven mujer lo observa detrás de las cortinas
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(*) Chanta: doble cinturón de cuero con pasamanos, para transportar prendas.

martes, 9 de marzo de 2010

"Evita, Madonna y las Torres Gemelas"

Compañeros de ruta:
Soy un escritor argentino nacido en España. Debido a graves contingencias personales y familiares, desde hace 18 años, no puedo ocuparme de promover mis obras editas e inéditas.
En 2006 decidí jugarme por un amigo que lanzaba un sello editorial cooperativo y le ofrecí la novela que da título a este blog. Lamentablemente, la editorial quebró en plena edición de los ejemplares, y apenas me entregaron algo menos de 100 ejemplares de los 3000 acordados.
Atento a que mis asuntos continúan sin resolver, y consciente de la necesidad de ser parte activa de la lucha contra el Imperio y de los cipayos políticos que le son funcionales, he tomado la decisión de publicarla en capítulos en el presente blog.
Espero comentarios al mail: lopezgomez@gmail.com
Gracias por estar
López Gómez
"Evita, Madonna y las Torres Gemelas"



Dedicatorias


A mi madre de adopción (con la cuál nos hemos “adoptado” mutuamente),Elba Esther Reynoso, oriunda de Navarro. Por su amor, comprometido visceralmente, y sobre todo, porque nunca marcó diferencias de sentimientos con sus hijos biológicos.

A mi entrañable hermano, Norberto Andrés López ( el famoso “Tío Norbi’s”) como homenaje a su admirable integridad moral.

A mi queridísima hermana, María Dolores López, por su estoicismo y
renunciamiento personal, en aras de acompañar solidariamente a nuestra madre.

A Doña María Elena Arrieta de Milano, por sus excepcionales condiciones morales, que honran a la condición humana.
A todos aquellos - parientes y amigos -que animaron y animan mi vocación de escritor.











Prólogo.

Tengo el particular placer de prologar a un autor de sorprendente vuelo creativo,
que amalgama de manera magistral, lo visceral con lo metafísico, y lo
coloquial con los más profundos interrogantes filosóficos.
Si resulta sugestivo que un escritor español se ocupe de un icono sagrado
como Evita, sorprende aún más, descubrir que López Gómez se expresa
en nuestra lengua, con la probidad y solvencia de nuestros mejores
escritores ( y esto, sin desmedro de su raigambre hispana). El capítulo
“Najai y Nam” ( a mi criterio, parábola excepcional sobre la Conquista
española) es una muestra cabal de ambas corrientes literarias.
En suma, un escritor que revive el paisaje existencialista, con un
lenguaje moderno y despojado, a modo de simbiosis perfecta entre la
América hispana y sus raíces españolas; la extrapolación de una serie
de brillantes cuentos cuyas temáticas participan del eje de la historia:
- fantásticos, realistas, metafísicos y eróticos – hacen de “Evita...”, un
suceso literario sin precedentes.
Relato que marca la impronta de un pasado particularmente doloroso,
esta novela, describe el costado siempre traumático de la decepción;
pero a su vez, palpita en sus páginas la esperanza humana, renovada
constantemente.
Como espejo de las contradicciones, se entrecruzan protagonistas que
han perdido los ideales bajo el peso de un poder corrupto, sintiéndose
frágiles e impotentes frente a un enemigo que lo controla todo, incluso
el pensamiento...
Sin embargo, en oposición a aquellos que tienen sus almas sin alforjas,
persiste un grupo de idealistas que no se resignan a bajar los brazos,
aún a despecho de sus incontables frustraciones; seres que superando
sus reiterados fracasos personales y el desdén de una sociedad hostil,
tampoco renuncian al idealismo, como sino de sus vidas.
Heterogénea mezcla humana: desde veteranos militantes políticos que
no arrían sus banderas, hasta una multitud de los nuevos desarraigados
del sistema - los autodenominados “piqueteros” - que irrumpen en el
escenario social movilizados por la fuerza contestataria y arrolladora
de la marginalidad ( a propósito, en “La vieja me mandaba verdura”,
se advierte en una muy lograda metáfora, el drama de la Argentina
empobrecida; pero a su vez, este capítulo excluyente, se erige en una
especie de épica de la Literatura Nacional, en la cuál la marginalidad,
asume el velado papel de héroe protagónico).
En medio de este derrotero, el amor, pero el amor sublime, esa luz
del espíritu que se niega a la bastarda costumbre de consumir los
sentimientos como bienes gananciales.
“Evita... ” es, además, una historia de violencia, sexo y muerte – como
sabemos, excluyente trilogía de la idiosincrasia literaria española -
como núcleo sustancial de sus protagonistas.
Aglutinando todo - como una inasible niebla -, se percibe la ominosa
presencia de un poder mundial encubierto; un supra-gobierno de las
sombras denunciado por el autor, como una especie de hermandad secreta
que digita vida y obra de la humanidad, con propósitos elaborados
con precisión de laboratorio.

Eduardo Gudiño Kieffer



























CONTENIDO.


1. Bach, la muerte y los cuentos.
2. No podía dejar de verte.
3. La guagua.
4. E.
5. La valija.
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6. Los Etarras.
7. La cena.
8. Tartagal I
9. Tartagal II
10. Tartagal III
11. Tartagal IV
12. La película.

13. Najai y Nam.
14. Acotaciones.
15. Sólo que fueran pájaros.
16. Diario.


II Parte.

1. Un viejo refrán...

Carpeta de cuentos.
2. Buenos Aires no contesta.
3. Diario Personal.
4. Diario.
5. Diario personal.
6. Diario personal I
7. Diario personal II
8. Diario personal (la mujer)
9. El inmortal.
10. ¿Pero vos no entendés, Evelina.


11. La vieja me mandaba verdura.
12. El catalán Serrat Fernández.









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I








Bach, la muerte y los cuentos.


Llueve.
Han vuelto a él, los muertos del pasado.
El viento del Oeste bate los riscos de la lejana cordillera y se cuela a través de la calle solitaria. Escucha su presencia sibilante sobre los techos de las casas; lo imagina un bisturí helado sobre cada uno de los piqueteros que a esa hora mantienen cortada la ruta.
Por momentos, tiene la impresión que los espíritus de los incas muertos rondan en la penumbra de la pieza, aunque sabe que las osamentas de los antiguos moradores del imperio se corroen entre el detritus, debajo de las plantas de sus pies.
Detrás de la ventana de la cocina, Gregorio Alonso Lama siente que los pasados fantasmas de la muerte adquieren identidad en las figuras desdibujadas e inasibles de los seres desaparecidos. Muertes sin velorios ni entierros. Muertes virtuales sin el consuelo cristiano del abrazo final o la fraternal palabra de despedida; llevando como pesada mochila en el espíritu, cada uno de los imaginarios ataúdes, velando, sí, velando sólo él a esos muertos sin certificado, todos los días, a lo largo de los últimos 25 años de su vida.
Llueve.
Han vuelto a él, los muertos del pasado.
Desde el grabador, la Toccata en Re de Juan Sebastián Bach, torna más dramáticos los dramáticos recuerdos; por momentos también, los fantasmas de sus hermanos y de Alejandra, se instalan en algún intersticio de su cerebro, fagocitados por la presencia activa de su memoria. Los presiente detrás de él, de pie sobre uno de los flancos de la mesa del comedor, aguardando el ritual del encuentro obsesivo y repetido. Entonces - como una forma de burlarse de la muerte-, su propio diagrama verbal descolgará en silencio sus mensajes, hasta el instante preciso en que las sinapsis neuronales se abran para generar el sonido imaginario que los muertos ya no pueden emitir.
A tono con el entorno melancólico, el cargo de conciencia se hace presente con el pase de factura repetido: “si yo no hubiera entrado al movimiento montonero, ustedes estarían con vida”. Pero al igual que otras veces, resultarán inútiles los descargos de sus hermanos a favor de su inocencia: Matías, acotando su militancia en un grupo político de la Facultad, y María, señalando que a ella la tenían marcada desde el momento en que empezara a alfabetizar – a través de campañas de esclarecimiento político- a los habitantes de la villa. Sólo Alejandra parecía congraciarse con los reproches, manifestando en su dura mirada lo que él no se atrevía a decir desde aquella noche en que Ellos la habían chupado en los pasillos del teatro Colón.
Llueve.
Han vuelto a él los muertos del pasado.
Cierra los ojos. Alejandra y sus hermanos vuelven a las tumbas virtuales que el cerebro ha instalado en su memoria. Sabe que cuándo abra los ojos, aparecerán frente a él los otros muertos, los reales; los muertos velados y enterrados: su abuelo orensano- republicano y justicialista-, el de la increíble historia de amor con Evita; su queridísimo padre, orensano también pero franquista, ambos, como partes opuestas de aquella vieja España citada en los versos de Machado.
Ve a su madre sentada a la mesa; el rostro sereno y la mirada luminosa, pese a que su frágil figura se ha ahuesado por culpa de los malditos eritrocitos que le han envenenado la sangre.
“-Tienes que darte paz, hijo. Debes perdonar como yo a los que se llevaron a tus hermanos y a Alejandra”
Llueve.
Han vuelto a él, los muertos del pasado.
¿Cuántas veces había hablado con su madre después de muerta? ¿Cuántas veces la frase textual - sello de un corazón extremadamente generoso-, se había abierto paso en su atormentada psiquis? Bálsamo inútil para él, incapaz de comprender semejante grandeza moral. Mucho menos las frases del remate que aún se resisten al olvido en una amarillenta carta que tiene entre sus manos, una de las pocas recibidas durante su exilio en Estocolmo. Lee: “Sé que es difícil de aceptar, pero en gran medida no somos responsables de nuestros actos. La maldad y la bondad condicionan nuestra conducta, según el código genético que la naturaleza nos ha asignado, hijo. Mozart puede convocar de manera sublime a un espíritu, pero puede resultar indiferente a otro. Y ambos son espíritus humanos. De la misma manera, algunos se horrorizan frente a un crimen, y otros- como Josef Menguele, por ejemplo- pueden convivir cotidianamente con él, incluso con la convicción de que están realizando una tarea en aras del bien común. Eso explica la falta de remordimientos; ni siquiera el mínimo cargo de conciencia.
Por alguna razón misteriosa, esos espíritus insensibles (de acuerdo al patrón de nuestro pensamiento), están desamparados por la misericordia. Recuerdo que a propósito de esto, tu abuelo siempre se quejaba del Creador: " ése cabrón de Dios es el culpable de traer mal paridos al mundo. Mira hija: a ti no te entiendo. Entre tu devoción cristiana, tus estudios de teosofía, y esos libros de antropología que os tienen en vela muchas noches, se te ha distorsionado la realidad. Según tu manera de ver las cosas, no existen los culpables. ¡Coño! Nadie es inocente de sus actos. Los hijos de puta son hijos de puta y saben lo que hacen cuando el mal les corroe el corazón”. El mal les corroe el corazón... Ya ves hijo mío; tu abuelo comulgaba con la verdad, sin que él mismo tuviera noción de la misma”.

Llueve.
Han vuelto a él, los muertos del pasado.
Siente cada gota de lluvia como parte de las incontables lágrimas derramadas en silencio: en Buenos Aires, antes del exilio, cuando aún no estaba muerta la esperanza; cuándo aún era posible que sus hermanos y Alejandra, pudieran aparecer un día por la casa dónde el dolor ya velaba anticipadamente las desapariciones definitivas de sus queridos muertos.
Lágrimas de vergüenza y dolor derramadas frente a Ernesto Sábato, en aquella esperanzadora entrevista en la Comisión Nacional del “Nunca más”. Lágrimas lloradas y derramadas antes en Estocolmo, sólo en la habitación, contemplando las heladas aguas del Báltico, o compartiéndolas con algunos de los otros exiliados latinoamericanos. Lágrimas también a su paso fugaz por Barcelona, y lágrimas al fin, en el Madrid de la Cibeles, durante incontables tardes en que se sentaba, solitario, en cualquiera de las tascas que se cruzaran en su camino.
Gregorio Alonso Lama pliega las arrugadas y amarillentas hojas de la carta.
Siempre había pensado que su madre pertenecía a una categoría exclusiva y casi incognoscible del pensamiento y el sentir humano. Y si bien en cierto sentido compartía su visión escatológica - en el caso de ella, con el contrapeso de la redención en Cristo-, le resultaba inconcebible el hecho de que una madre pudiera perdonar a los asesinos de sus propios hijos. Y no por falta de amor hacia ellos precisamente. Todo lo contrario: las lágrimas de su madre podrían haber inundado la habitación de la vieja casona de la calle Mendes de Andes; sólo que era un amor diferente, sin raíces pegajosas y viscerales; amor de entrega pero a la vez, de absoluto y sublime desprendimiento. El mismo desprendimiento que la llevó a pedirle que buscara la salvación del exilio, antes que Ellos vinieran por él.
Llueve.
Han vuelto a él, los muertos del pasado.
Pero sabe que no transará jamás con los infames sicarios del Imperio; con los militares que habían deshonrado a San Martín, con civiles y soldados que hablaban de la defensa del mundo occidental y cristiano, cuándo en realidad – ahora lo comprendía muy bien -, la gigantesca redada de la muerte no era más que otra de las acciones del terrorismo de Estado, a instancias de un plan de dominación impuesto por las grandes corporaciones industriales y financieras; un supra-gobierno de las sombras que obraba por encima de los naciones, incluyendo a los propios líderes políticos del llamado Primer Mundo, gerentes todos al servicio de los intereses opresores de siempre; homo homini, lupus est.
No; él no transaría jamás con los postulados sentimentales y clericales del perdón. Ni olvido ni renuncio de venganza.
Llueve.
Han vuelto por él, los muertos del pasado.
Un cuarto de siglo después, las lágrimas ya se han vuelto pastosas; se retuercen en las cuencas de los ojos como perlas diminutas, endurecidas por el clima destemplado de ese ignoto paraje salteño en el cuál ha recalado como corresponsal de prensa de medios españoles para cubrir periodísticamente un nuevo fenómeno social llamado piquetero.
El viento golpea las celosías y se filtra por los orificios y hendijas de puertas y ventanas; el mismo viento desolado que acompañara su infancia en medio del paisaje húmedo de su Galicia natal.
Aún se percibe en el aire el olor a pólvora y azufre que unas horas atrás ha desatado la violencia represiva. Como antes. Como siempre.
Llueve.
Han vuelto a él, los muertos del pasado.
Bach gime entre fusas y corcheas su dolor y su esperanza, la otra impronta ancestral escrita en los genes de la raza.
Acaba de despachar a través del correo electrónico, la primera crónica sobre las violentas protestas sociales.
Necesita un respiro.
Llueve.
Han vuelto a él, los muertos del pasado.
Se sienta a la mesa. Tiene ante sí, la carpeta con los primeros cuentos terminados para enviar al concurso literario en España, como parte de su vieja profesión de escritor tantas veces postergada.
Desde la ruta, los gritos piqueteros han comenzado la ronda de la noche. Otros muertos. Otras lágrimas.
Es hora de empezar a leer a modo de repaso.